Castro
03
Septiembre

Según varios estudios: Brasil atraviesa la peor crisis económica de los últimos 100 años

Brasil venía desde comienzos de los años 90 y hasta 2014 de un proceso de crecimiento económico continuo. Apenas fue interrumpido por la crisis internacional de 2008, para luego experimentar una recuperación asombrosa. Pero en 2015, la economía se desbarrancó y el derrape siguió en 2016. Ambos años arrojaron un deterioro fenomenal de 7,4 por ciento. Es, de lejos, el peor período del país en 100 años.

Pero mientras en 1918, en 1930 y en 1940, como también 1981, había guerras y crisis internacionales de por medio, la catástrofe actual obedeció a una cuestión si se quiere meramente política. Primero fue la incertidumbre del derrumbe del gobierno de Dilma Rousseff y luego, el ascenso de su ex vice Michel Temer, quien apenas logró estabilizar el escenario un año y medio después de haber asumido la función.

 

En los términos de un economista que hizo el cálculo, Fernando Montero de la agencia bursátil Tullet Prebon, por obra y gracia de ese período ésta será “una nueva década perdida” con un crecimiento interanual inferior al 1 por ciento. Lo demostró con números en una entrevista al diario Folha de Sao Paolo. Se repite, aunque con cifras mucho peores en la actualidad, el proceso que se inició con una fuerte recesión en 1981 y la moratoria de la deuda externa en 1987.

 

Lo que en este momento está en juego es la gigantesca deuda pública, acumulada por el gobierno federal, los estados provinciales y los municipios. Llega hoy a 1,2 billón de dólares. Esa cifra -sideral- representa el 77% del Producto Bruto Interno del país. Los economistas definen a este período como “una catástrofe” en las palabras de David Kupfer. Ésa es la herencia que deja el presidente Temer cuando deba descender la rampa del Palacio del Planalto para hacer lugar al nuevo jefe de Estado. La prioridad para quien le toque en suerte (o mala suerte) sentarse en el sillón presidencial brasileño será precisamente cómo enfrentar ese endeudamiento.

 

 

Según relevamientos realizados por medios de prensa en Brasil, ocho de cada diez economistas sostienen que la prioridad para quien venga será el ajuste fiscal. Es la única forma, dicen, de superar el agujero que dejará este gobierno. La deuda creció a razón de medio punto porcentual del PBI por mes. Afirman que esa trayectoria habría comenzado en 2013, en el tercer año de gobierno de Rousseff. Si nada se hiciera, dicen, se llegaría a 2023 con una deuda equivalente al 84% del PBI. Según el economista Marcos Lisboa, del Insper, “el gran desafío es que el gasto público establecido por ley es mucho mayor que los ingresos y eso torna la deuda insostenible a mediano plazo. No está fuera de control porque hubo un crecimiento en la recaudación de ingresos extraordinarios. A no ser por eso, se habría disparado sin crecimiento para sostenerla”. Antes del impeachment que destituyó a Dilma, en 2014 la deuda interna cerraba en 57,2% del PBI y en 2014, año de las presidenciales, pasó a 65,1%.

 

Eso llevó a la ex presidente a intentar un programa de ajuste durante ese primer año de su segunda gestión. Fue el germen de su pérdida de popularidad que anticipó su salida de la presidencia por el juicio político que le entabló el Congreso. De cualquier manera, la situación que dejó resultó mucho más “confortable” que la que deberá condicionar al próximo gobierno brasileño. El déficit fiscal primario, que en 2014 fue de 0,5%, con Temer en su primer año de gobierno en 2016 trepó a 2,47% y se mantuvo en 2% en 2017.

Las propuestas de los presidenciables para el próximo período no varían de un modo radical. Sí, en cambio, establecen una diferenciación en el modelo que pretenden seguir de llegar al poder. El candidato laborista Ciro Gomes entiende el crecimiento económico como una variable sustancial. Para la coalición “Brasil Feliz de Nuevo”, que conduce el Partido de los Trabajadores (PT), ésa es también la clave. Pero hacia el centro y la derecha las alternativas se inclinan por la reducción drástica del gasto público. Eso incluye, especialmente, una reforma previsional que no pudo hacer votar Temer, como hubiera deseado. Para algunos ésa es la condición para el crecimiento.

 

Para otros, en cambio, el énfasis debe ponerse en un aumento de las inversiones en infraestructura. Kupfer subrayó: “La política de austeridad de los últimos años se mostró incapaz de estimular la economía y se creó un falso dilema en el país de que todo gasto público es malo